Perezosamente aparecía el sol de la mañana, el sol matutino suave y cariñoso que libraba de las sombras a todos los árboles frutales, viñas, hortalizas, flores, piedras, troncos... en mi habitación se filtraba imparable los rayos de sol que se colaban ávidamente entre las rendijas de las contraventanas dibujando en el suelo de barro rojizo franjas de luz y sombra.

Daba una vuelta entre las sabanas retorcidas huyendo de alguna luz que impactaba directamente sobre mis ojos, ya era inevitable me había despertado, alcé las manitos y las miraba moviéndolas y retorciéndolas de un lado a otro, y tras mis manos el techo, aquel techo de viejas vigas de madera tan y tan alto, en realidad todo lo recuerdo alto y grande muy grande. Me gustaba el tenue eco que resonaba entre aquellas paredes, me divertía el sonido de mi propia voz... -Hooooooooooolaaaaaaaaaa!!!! Queeeeeeee graaaaaaaaandeeeeeeeee!!!! Yayaaaaaaaa!!!!! Aviiiiiiiiii!!!!!

Ahí empezaba mi primera risa del día con las manos en alto y hablando sola. No tardaba en aparecer Sindy, Sindy era mi gata, la gata mas lista del mundo de pelo blanco y suave con una mancha gris en el lomo y orejitas, venia a darme los buenos días como solo ella sabía hacerlo, con algún besito húmedo en la nariz cosa que solo lo hacia cuando estábamos a solas porque sabia que en casa no dejaban que se me acercara mucho y yo no lo entendía, como tampoco entendía que no tuviera ositos de peluche, ni cortinas, ni alfombras...

Era hora de despertar a mis abuelos me levanté de un salto y corrí a la
habitación continua entrando de una trompicada para darles un buen susto, no había nadie, la cama estaba echa y la ventana abierta. Defraudada me acerque a la mesita de mi abuela y a la gran coqueta de la habitación, cuantas cosas por tocar, abrir, oler, morder... el joyero, el perfume con forma de señora con sombrero, las fotos, la ropa de los cajoncitos, la lamparita, las naftalinas... lo revolví todo, esparciendo las joyas, vaciando el cajón de la ropa de mi abuela por el suelo, y como no chupando una bolita de naftalina que pronto la tiré porque a pesar del olor, de dulce no tenía nada. Así que de repente apareció mi abuela que vino a buscarme para darme el desayuno, y ella fue quien me dio el susto porque yo sabia que eso que hice no estaba bien, nada bien y con mi abuela la primera reprimenda y con ella mis primeras lagrimas del día.

Bajaba a la cocina sorbiéndome los mocos y los ojos hinchados por el llanto, pero pronto me pasaba, la cocina era la parte de la masia que mas me gustaba, tenia una chimenea donde al lado de ella empecé a apreciar los días de lluvia con la familia, tostando el pan de pagès para poder hacer ‘pà amb tomaquet’, o pelando guisantes del huerto de mi abuelo, en la cocina se mezclaban todo tipo de olores, de embutidos, de hortalizas, de patatas, ajos, especies... todos ellos juntos y revueltos formaban el característico olor de cocina que había en aquella casa, aquel entrañable olor que nunca mas volví a sentir, porque entre otras cosas jamás he vuelto a tener cuatro años. Y a esa edad todo es tan nuevo, tan sorprendente y grande, que la percepción de cualquier cosa se vuelve especial y única.

Después del desayuno salía corriendo en busca de mi abuelo que estaba en el huerto cultivando patatas, berenjenas, tomates, guisantes... guisantes, como me gustaban y me gustan los guisantes, era una experta recogiendo solo aquellos que estaban al punto, con una cesta iba llenando poco a poco perdida entre dos hileras de plantas sujetas por cañas por supuesto mucho mas altas que yo, me pasaba el tiempo recogiendo y comiéndome de cada tres bainas una, porque a mi me gustan crudos o de cualquier forma.

Mi abuelo un señor altísimo y fuerte y con cara de pocos amigos me reñía constantemente... -Collons!!!!! No te metas por ahí que lo he acabado de plantar...- lo de ‘collons’ eso era lo mas flojo, porque si algo tenía mi abuelo era poca manía con la iglesia, los santos, las vírgenes y demás para despotricar, pero a mi no me asustaba para nada, y le pisaba el sembrado le abría la salida de agua... y cuanto mas gritaba y se le hinchaba la aorta mas gracia me hacia, curiosamente en mi hacia el efecto contrario. Cuando ya estaba harta de recoger, de escalar, cortar flores, pisar el sembrado y cortarle las colas a las lagartijas, ensuciarme y poner iracundo a mi abuelo, salía corriendo para la casa, corría sin parar mucho y muy deprisa por el caminito en busca de mi abuela, llegaba asfixiada y me plantaba delante de ella alarmándola porque en mi agitada respiración se percibían unos pitidos profundos en mis pulmones cada vez que inspiraba profundamente aire, era entonces cuando yo sabia que era la hora del jarabe, me encantaba aquel jarabe rosa si no me hubieran escondido la botella seguro que algún día me lo habría zampado de golpe.

Las mañanas en casa de mis abuelos eran así, mañanas descubridoras, llenas de colores y formas, aventureras, cansadas e intensas, supongo que como cualquier crío a esa edad, solo que yo las recuerdo bien, muy bien...