DESVARIOS DE UNA NOCHE CUALQUIERA
Eran casi las doce y el ‘claqueteo’ de mis tacones contra los adoquines de aquellas calles del casco antiguo era particularmente estridente. Demasiado frío y demasiado silencio para que algún alma se aventurara a pasear. Una de esas noches de gélido invierno y seco viento cortador de labios, ideas y aliento.
En aquella zona de la ciudad en donde los edificios tienen historia y las calles atrapan recuerdos de tiempos inmemorables por lo menos desde allá por la época de los romanos, siempre fue un sitio por donde me agradaba perderme en esos dias de 'deambulancias' callejeras sin rumbo ni destino.
Pero eran casi las doce y el claqueteo de mis tacones contra los adoquines demasiado estridente, y la languidez de la luz de las farolas se me antojo tenebrosa, y hacia frío, y llovía esa lluvia tonta que mas que tonta bromista, broma por su llover sin humedad inmediata pero lo suficiente para dar ese toque color espejo al suelo los árboles y balcones.
Apresuré mi paso con los hombros encogidos y la bufanda a la altura de la nariz, quería llegar al coche que tenia estacionado cuatro manzanas mas hacia delante, justo al lado de esa farmacia que se dice que es la mas antigua y solemne de la ciudad, una farmacia regia, de familia, que perdura generación tras generación y que aun no se como sigue conservando ese aire a dispensario de mejunjes, pócimas, lociones y olores ‘eucaliptados’ de la belle epoque.
Se levantó aire y tirité dentro de mi abrigo como una hoja al son de las brisas furtivas que lanza el mar, me costaba caminar y algo me hizo frenar al momento.
Había escuchado un sonido muy particular y reconocible al instante, que merecía mi atención, el sonido que mis cinco sentidos (y quizá algún otro) reclamaban mi total dedicación , otra vez mi total entrega.
Eran las doce en punto y las campanadas de la iglesia me habían absorto en un mar de recuerdos y sensaciones de los cuales no quería y no podía liberarme, permanecí inmóvil con los ojos cerrados reviviendo, volviendo a comprender que cada campanada era un principio y un fin, era la música de una noche pasada, los latidos pausados de la melodía que sonó alguna vez en alguna noche de hace algún tiempo, esas noches donde te entregas a las campanas al canto de los pájaros del alba, a los primeros rayos de luz matinal, al calor de los sentidos ajenos de los propios y mas allá...
El último ‘dong’ y el silencio abrumador me hicieron reaccionar, seguí caminando sin claqueteo sin ninguna prisa sin frio y sin campanas...







anelpolancorz dijo
Digamos que la noche te transportó a esas fechas lejanas, con el clima parecido como el que describes, me gustó mucho tu escrito, eres muy buena relatora.
30 Septiembre 2007 | 05:33 AM